Evaluando la evaluación: ¿Cambio o mejora educativa?

Estas últimas semanas son frenéticas para cualquier docente. Nervios, estrés, papeles, informes, adolescentes con ganas de verano… y esa maldita semana de evaluaciones. ¿Evaluaciones?

Y es que para empezar deberíamos cambiarle el nombre, no es una semana de evaluaciones, es una semana de exámenes, recuperacion

es y últimos intentos por salvar un curso, una asignatura o simplemente la dignidad. Y es que esta semana debería desaparecer, de hecho acabará desapareciendo y sé que ya no existe en muchos otros centros, no es útil, estresa a la comunidad educativa, profesores que deben preparar y corregir pruebas,

alumnos que deben pegarse históricas empolladas para salvar el curso y familias que viven al límite del estrés con adolescentes poco habituados a este sufrimiento. Apocalíptico todo vaya… y todo, ¿para qué?

El término evaluación va más allá de una simple prueba donde hay que valorar el aprendizaje realizado por un alumno durante el curso para dictar sentencia, es todo un completo de observaciones realizadas durante todo el curso sobre el aprendizaje, adquisición de las competencias marcadas y esfuerzo. Y me gusta remarcar esta última, porque el esfuerzo siempre debe ser premiado. Entonces, ¿podemos reducirlo todo a un último examen?

Me encanta evaluar, y que mis alumnos participen en dicha evaluación, una evaluación constante no solo de lo que hacen o aprenden, sino de lo que hacemos (a mi también tiene

n que evaluarme), del proyecto, de como trabajan en grupo, reflexiones sobre su actitud y aprendizaje, todo ello es evaluar. Pero llevo muy mal calificar, graduar en una escala comparativa con el resto de alumnos de la clase para determinar quién es el mejor, quién merece o no merece aprobar… Lo veo muy injusto. Aún así por ley se exige, y como debo cumplir la ley califico, pero todo lo expuesto con anterioridad hace más objetiva la decisión, y a la hora de dar una explicación es mucho más clara.

Estamos en época de movimiento educativo en favor de la innovación metodológica, vamos está de moda. Pero las modas tal como vienen, se van y cambian a otras modas, ayer fue el Flipped Classroom, hoy es la gamificación y mañana… ¿qué será mañana? Yo intuyo que la neurociencia educativa y la VR y AR se pondrán a la orden del día, ya empiezan a emerger. Pero, ¿es necesario estar continuamente cambiando? Mi respuesta es tajante, no.

Ojo, no quiero que se me malinterprete, soy ferviente defensor del cambio, de la introducción de metodologías activas que centren el aprendizaje en el alumno, del trabajo para desarrollar competencias y habilidades útiles en su crecimiento personal y desarrollo profesional más allá de la asimilación de un contenido

que está al alcance de cualquiera. Pero no a cualquier precio.

Esta vorágine educativa por el cambio que se está produciendo es positiva siempre que tenga un fundamento, que se realice con consciencia y se evalúe su utilidad y necesidad. Cada uno en su aula, cada uno con sus alumnos. Porque lo que me funciona a mí, no tiene porque funcionarte a ti. Porque mis alumnos, no son tus alumnos… Porque yo tengo mi forma de ser y tu tienes la tuya, y eso tal vez sea lo más importante.

Se achaca el cambio a un descenso del nivel educativo con respecto a otros años, y es cierto! No se trata de cambiar, se trata de mejorar. No hay que hacer Kahoot! porque a los alumnos les motive y cambiarlo por el típico examen, la innovación educativa no es utilizar un Socrative o un Google Forms para realizar un

examen. No va de utilizar la tecnología a cualquier precio para demostrar que soy innovador, y que mientras explico en el aula y le cedo los apuntes a mis alumnos, o les hago subrayar el libro digital, ¿qué creéis que hacen ellos?

No se trata de cambiar… se trata de mejorar. Ahí radica el cambio, que yo definiría en tres pasos:

  1. Tener alumnos motivados.
  2. Centrar el aprendizaje en el alumno, que aprendan a partir de la investigación y el descubrimiento.
  3. Cambiar la evaluación

Si empezamos por el principio, tener alumnos motivados

es el estado ideal del aprendizaje. Nadie aprende sin motivación, de hecho el aprendizaje es uno de los instintos más primitivos de los seres vivos, aprendemos por necesidad de supervivencia desde nuestro nacimiento. Entonces, ¿cuál es la primera obligación de un docente? Motivar a sus alumnos, y tenemos diferentes herramientas para poderlos motivar, tanto intrínseca como extrínsecamente. De hecho la introducción del juego en el aula favorece la motivación. Hacerlos partícipes de la toma de decisiones responsables favorece la motivación, tener una actitud SIEMPRE positiva y cuidar mucho el lenguaje con mensajes esperanzadores aumenta la motivación. Y podría poner un largo etcétera de pautas que un docente puede hacer para tener alumnos motivados.

El segundo paso, no menos importante, es dejar atrás la clase magistral de transferencia de conocimiento y dar paso a metodologías activas donde el alumno sea el protagonista de su propio aprendizaje. Pero con conocimiento de causa, sabiendo qué aplicar y cómo aplicar y en el momento necesario. No hacer por hacer, porque debemos hacer. Evidentemente, hay que probar cosas, pero si las vamos a evaluar, si vamos a ser críticos con nuestra labor docente y vamos a seguir intentando mejorar las cosas. Si no es cambiar por cambiar, probar por probar… Y si salimos de nuestra zona de confort que sea para intentar hacer las cosas mejor. Elige aquello que creas que mejor se vaya a adaptar, estúdialo en profundidad y pruébalo en tu clase, evalúa el impacto generado y modifica aquello que no

ha funcionado, y sigue probando.

Y por último, y para mí lo más importante: cambia tu visión sobre la evaluación. De nada sirve hacer lo anterior si todo va a acabar allí mismo, si no tienes pensado cambiar la evaluación entonces no cambies. Ahorrarás tiempo y trabajo… ¿De verdad crees que es necesario acabar un proyecto con un examen para calificar lo aprendido? ¿Es realmente necesario? Yo creo que no. Una correcta evaluación del proyecto es más que suficiente para determinar el aprendizaje de los alumnos, además puedes valorar el trabajo realizado de forma individual si el proyecto se ha reali

zado en grupo y que sean ellos mismos que se evalúen autoevaluación y coevaluación para una evaluación más completa. Las rúbricas y el complemento CoRubrics de Jaume Feliu (@jfeliu) es una herramienta esencial para este tipo de evaluaciones.

Entonces los exámenes, ¿para quién son? Los hacemos para determinar lo que saben los alumnos o porque tenemos integrado que no hay mejor certeza de saber lo que saben con una prueba objetiva y memorística… que en unos días han olvidado. Para sentirnos satisfechos con el trabajo llevado a cabo y tener la conciencia tranquila, ¿verdad?

No quiero que se malinterpreten mis palabras, deben haber pruebas escritas donde el alumno exponga su conocimiento pero éstas no deben ser únicamente un vómito de un texto aprendido, sino más bien una aplicación práctica de lo aprendido… Hay tantas y tantas formas de realizar este tipo de pruebas. Aún así, insisto, no debe ser la única y menos la determinante. Y debemos dejar de poner énfasis en los contenidos, y dar más sentido a la educación desde las habilidades y las competencias, este será el factor determinante que nos haga cambiar nuestra forma de evaluar y por consiguiente, nuestra visión sobre la educación. No debemos preparar a nuestros alumnos para ganar un concurso de televisión sino para unos lugares de trabajo que todavía no existen donde deberán desarrollar habilidades como el trabajo

en equipo, el liderazgo, la recopilación, análisis y comunicación de información, la toma de decisiones responsable, la utilización de las herramientas tecnológicas en el ámbito laboral…

Por último quiero hacer una reflexión, para todos aquellos que hemos empezado a realizar cambios en nuestras aulas con la intención de encontrar una mejora de los resultados que será fruto de la mejor motivación de nuestro alumnado, ¿cómo evaluamos a aquellos alumnos que llevan suspendida una asignatura para septiembre?

La respuesta es compleja. Para empezar diré que tener muchos suspendidos en una asignatura jamás debería ser un honor para ningún profesor, debería hacerlo reflexionar en su labor como profesor e intentar buscar que está haciendo mal, porque sí tiene mucha parte de responsabilidad. A lo mejor no ha conseguido motivar a sus alumnos, tal vez no se ha adaptado a su clase, o su trabajo no concuerda con su forma de evaluar… pero debe poner solución. La frase no puede acabar con es que no estudian nada.

Aún así, la innovación no es la panacea. Siempre hay que no trabajan, que no se motivan, no conseguimos llegar a todos, y sigue habiendo alumnos que por una cosa o por otra, o por simple inmadurez cognitiva no alcanzan los objetivos marcados. ¿Cómo recuperan la asignatura en septiembre?

La solución tal vez sea la que ya se ha empezado a promover en bachillerato, adelantar a julio la recuperación. Son adolescentes, merecen un descanso y tener un verano feliz. No es adecuado seguirlos machacando durante el verano, con ejercicios, trabajos para entregar para finalizar con un examen donde se pueden jugar el repetir y perder un año, o pasar de curso con un agotamiento mental para el siguiente año. Yo no encuentro respuesta a esta pregunta… Pero eso sí, siempre suspendidos para septiembre pocos. Solo aquellos que no han entrado en la cultura del esfuerzo, y han tenido vacaciones anticipadas durante el año, que en mi caso suelen ser pocos.

Y en cuánto al nivel, no puedo determinar con resultados medibles si mis alumnos van suficientemente preparados para su siguiente etapa educativa, porque depende de muchos factores incontrolables, como su adaptación al nuevo centro, su interés, su mínima dispersión social, su estado anímico… Entonces solo me puedo mover por sensaciones, y siendo muy crítico con mi trabajo, siento que promoviendo la cultura del esfuerzo tienen mucho ganado. Al final, un alumno bueno en cualquier ambiente es bueno, y un alumno que no quiere y que tiene otras metas, difícilmente lo harás cambiar de parecer. Pero si que podemos salvar a todos aquellos, indecisos, montañas rusas o influenciables por otros que no quieren, a mantener su motivación, su confianza en sí mismos, para que al final consigan las metas que se propongan, y esa debería ser nuestra meta como educadores. No que aprendan a realizar factores de conversión porque como profesor de ciencias son básicos para mí… Y mira que les doy caña con ellos.

Mi consejo: Si estás en plena indecisión de que hacer, antes de lanzarte a la piscina estudia las posibilidades y mira donde crees que te vas a sentir más cómodo y a partir de ahí, prueba, evalúa y escucha la opinión de tus alumnos. Si estás inmerso en pleno cambio educativo, pregúntate si tu forma de evaluar ha cambiado y no me refiero a si has cambiado el examen por el Kahoot o el Google Forms, si no si evalúas otras cosas. Y si no crees en en el cambio porque para que cambiar si me funciona, aquí te hago dos preguntas… ¿La primera es si crees que realmente es útil para ellos lo que estás haciendo? La respuesta no debe ser nunca, es lo que necesitan para ir preparados para el siguiente curso. Y la segunda, ¿ves a tus alumnos motivados? Si la respuesta es sí y no tienes inquietudes sobre tu trabajo, no cambies. No lo necesitas, la clave para el aprendizaje está en la motivación si tus alumnos son felices, tu lo debes ser con ellos. Un cambio puede suponer un descenso del nivel y perjudicar seriamente a tus alumnos, y por defecto tu estado anímico.

 

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