Google abre Gemini en Classroom a todas las edades: innovar también significa saber poner límites
- Miquel Flexas
- 18 ago
- 8 min de lectura
Google ha dado este mes de agosto un paso que, probablemente, marcará un antes y un después en la relación entre la inteligencia artificial generativa y la escuela. Gemini comienza a integrarse en Google Classroom también para alumnado menor de edad y abre así la puerta a que estudiantes cada vez más jóvenes puedan utilizar la inteligencia artificial dentro del mismo entorno en el que reciben sus tareas, consultan los materiales de clase o entregan sus trabajos.

Desde el punto de vista tecnológico, la decisión resulta perfectamente comprensible. La inteligencia artificial está dejando de ser una aplicación independiente para convertirse en una capa integrada en prácticamente todos los servicios digitales que utilizamos. Si hace unos años el debate educativo giraba en torno a si los alumnos debían disponer de un dispositivo, ahora empezamos a discutir algo mucho más profundo: qué ocurre cuando ese dispositivo no solo permite acceder a la información, sino que también puede interpretar, resumir, escribir, explicar y resolver por nosotros.
Google ha acompañado esta apertura con medidas de protección específicas para menores y con controles que permiten a los administradores educativos decidir qué usuarios tienen acceso a determinadas funcionalidades. Todo ello es importante. Sin embargo, existe una cuestión que no puede resolverse únicamente mediante filtros de seguridad, políticas de privacidad o configuraciones administrativas.
Una herramienta puede ser tecnológicamente segura y, al mismo tiempo, no ser pedagógicamente adecuada para determinadas edades.
Ese es probablemente el debate que debemos empezar a tener.
Porque cuando hablamos de inteligencia artificial en educación corremos el riesgo de reducir la discusión a dos posiciones excesivamente simples. Por un lado, quienes interpretan cualquier incorporación tecnológica como una oportunidad que debe aprovecharse inmediatamente. Por otro, quienes observan la inteligencia artificial únicamente como una amenaza que debería mantenerse fuera de las aulas.
Seguramente ninguna de las dos posiciones nos ayuda demasiado.
La cuestión verdaderamente interesante no consiste en decidir si la inteligencia artificial debe entrar o no en la educación. En cierta medida, esa discusión ya ha quedado superada. La IA forma parte del entorno en el que viven nuestros alumnos, del mercado laboral al que accederán y de las herramientas que utilizarán durante buena parte de su vida.
La verdadera pregunta es otra:
¿en qué momento de su desarrollo debemos permitir que empiecen a delegar determinados procesos intelectuales en una máquina?
Y esa pregunta es mucho más compleja.
Aprender exige un esfuerzo que no siempre debemos eliminar
Durante décadas, una parte importante de la innovación educativa ha tratado de facilitar el aprendizaje. Hemos diseñado mejores materiales, herramientas más visuales, entornos digitales, metodologías activas y recursos capaces de ofrecer apoyo personalizado.
Pero existe una diferencia fundamental entre facilitar el aprendizaje y eliminar el esfuerzo necesario para que el aprendizaje ocurra.
Aprender implica recordar, relacionar, imaginar, equivocarse, comprobar, reformular, buscar estrategias y enfrentarse durante un tiempo a algo que todavía no comprendemos completamente.
Esa dificultad no es un fallo del sistema educativo.
Forma parte del aprendizaje.
Cuando un estudiante intenta escribir un texto y no encuentra exactamente la palabra que necesita, está pensando. Cuando trata de resumir una página y debe decidir qué información es esencial y cuál puede eliminar, está aprendiendo a seleccionar. Cuando intenta resolver un problema y se equivoca varias veces antes de encontrar el camino adecuado, está desarrollando estrategias.
La inteligencia artificial generativa puede intervenir en todos esos procesos.
Puede proponer las ideas antes de que el alumno tenga que buscarlas. Puede construir el esquema antes de que tenga que organizar la información. Puede resumir antes de que necesite distinguir lo esencial de lo accesorio.
Puede escribir antes de que tenga que enfrentarse a la dificultad de hacerlo. Puede explicar una respuesta e incluso resolver un problema completo en apenas unos segundos.
Y precisamente ahí aparece la paradoja.
Cuanto mejor funciona la herramienta, mayor puede ser la tentación de dejar de practicar aquello que necesitamos aprender.
En psicología cognitiva se habla desde hace tiempo de cognitive offloading, o descarga cognitiva: la tendencia a trasladar parte del esfuerzo mental hacia herramientas externas. Lo hacemos continuamente y, en muchas ocasiones, resulta enormemente útil. Utilizamos una agenda para no recordar todas nuestras citas, un GPS para desplazarnos por una ciudad desconocida o una calculadora para realizar operaciones que no necesitamos ejecutar mentalmente.
La descarga cognitiva no es, por tanto, algo negativo en sí misma.
El problema comienza cuando externalizamos precisamente el proceso cognitivo que estamos intentando desarrollar.
Una calculadora puede ser extraordinariamente útil para un alumno que comprende el sentido de las operaciones y necesita resolver cálculos complejos. Pero probablemente sería mucho menos conveniente utilizarla para enseñar las primeras sumas.
Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido, aunque a una escala mucho mayor.
Porque una calculadora descarga una tarea relativamente concreta. Una inteligencia artificial generativa puede descargar simultáneamente la memoria, la planificación, la elaboración, la argumentación, la escritura, la creatividad e incluso parte de la toma de decisiones.
Y todavía estamos empezando a comprender qué consecuencias puede tener esa capacidad cuando se introduce muy pronto en el proceso de aprendizaje.
Una respuesta correcta no significa necesariamente que haya habido aprendizaje
La aparición de la inteligencia artificial introduce además un problema especialmente relevante para la escuela: cada vez será más difícil distinguir entre la calidad del producto final y la calidad del proceso cognitivo que lo ha generado.
Durante mucho tiempo hemos utilizado determinadas producciones como evidencias del aprendizaje.
Un buen texto nos permitía pensar que el alumno sabía escribir.
Un buen resumen sugería que había comprendido una información.
Una resolución correcta indicaba que había desarrollado determinadas estrategias.
Una presentación bien estructurada mostraba aparentemente que el estudiante había organizado el conocimiento.
La inteligencia artificial rompe parcialmente esa relación.
Hoy un alumno puede entregar un texto excelente sin poseer todavía una competencia escrita excelente. Puede presentar un resumen impecable sin dominar la capacidad de síntesis. Puede elaborar argumentos sofisticados sin haber desarrollado suficientemente su capacidad argumentativa.
Podemos encontrarnos, por tanto, ante trabajos que parecen demostrar aprendizaje cuando en realidad demuestran principalmente una buena interacción con una herramienta capaz de producir resultados de gran calidad.
Esto no convierte la inteligencia artificial en enemiga del aprendizaje.
Pero obliga a cambiar profundamente la forma en que pensamos su incorporación.
No deberíamos preguntarnos únicamente qué puede hacer un alumno con IA.
Deberíamos preguntarnos qué queremos que sea capaz de hacer sin ella.
Porque precisamente ahí se encuentra uno de los grandes retos educativos de los próximos años.
Menores de 13 años: alfabetización sí, acceso directo no
Desde el Observatorio IA en Educación creemos que este debate debe abordarse desde un principio de prudencia.
Nuestra posición es que el acceso directo a herramientas de inteligencia artificial generativa debería mantenerse cerrado para los menores de 13 años, aunque las políticas de determinadas compañías tecnológicas permitan técnicamente habilitarlo.
Esto no significa que la inteligencia artificial deba desaparecer de Educación Primaria.
Sería un error.
Los niños deben empezar a comprender qué es la inteligencia artificial porque convivirán con ella durante toda su vida. Necesitan saber que una imagen puede haber sido creada artificialmente, que un chatbot puede proporcionar información incorrecta, que determinados contenidos pueden ser manipulados y que no todo lo que produce una máquina es necesariamente verdadero.
La alfabetización en inteligencia artificial deberá comenzar relativamente pronto.
Pero conocer la inteligencia artificial no significa necesariamente utilizarla de forma autónoma.
Podemos enseñar qué es una calculadora antes de permitir que resuelva todas las operaciones. Podemos explicar cómo funciona Internet sin conceder acceso ilimitado a cualquier contenido. Podemos trabajar ciudadanía digital antes de permitir el uso autónomo de determinadas plataformas.
Con la inteligencia artificial deberíamos aplicar una lógica semejante.
En las primeras edades, el objetivo debería ser desarrollar capacidades humanas fundamentales: comprensión lectora, expresión escrita, razonamiento matemático, memoria, creatividad, capacidad de concentración, pensamiento crítico y estrategias de resolución de problemas.
La IA puede aparecer como objeto de aprendizaje, como fenómeno que debemos comprender y como herramienta utilizada por el docente.
Pero no debería convertirse todavía en una prótesis cognitiva permanente del alumno.
A partir de Secundaria, la clave estará en la progresividad
Cumplir 13 años tampoco debería significar abrir automáticamente todas las funcionalidades y permitir cualquier utilización.
La incorporación debería ser progresiva.
Un alumno debería aprender primero a utilizar la inteligencia artificial bajo supervisión, comprender sus limitaciones y desarrollar estrategias de verificación. Más adelante podrá utilizarla como apoyo para determinadas tareas. Y solo cuando haya desarrollado suficiente autonomía intelectual tendrá sentido permitir usos más abiertos y complejos.
No se trata de construir una edad mágica a partir de la cual todo esté permitido.
Se trata de construir itinerarios de autonomía.
Un centro educativo podría decidir, por ejemplo, que en los primeros cursos de Secundaria la IA se utilice únicamente en determinadas actividades diseñadas por el profesorado; que posteriormente se permita como herramienta de apoyo bajo unas condiciones concretas y que en Bachillerato o Formación Profesional el alumnado pueda utilizarla con mayor autonomía, siempre declarando su uso y manteniendo determinados procesos de evaluación sin asistencia.
Lo importante no es exactamente dónde se sitúe cada frontera.
Lo importante es que esas fronteras existan.
Porque uno de los mayores errores que podríamos cometer sería permitir que la política educativa del centro viniera determinada simplemente por las opciones que aparecen activadas en una consola de administración.
Que una empresa tecnológica permita una función no significa que una escuela deba utilizarla.
Google puede decidir cuándo su tecnología está preparada para determinados usuarios.
Pero corresponde a los educadores decidir cuándo nuestros alumnos están preparados para utilizarla.
Son dos preguntas diferentes.
Y la segunda es la que debe importar a la escuela.
Los centros necesitarán una política propia
La decisión de Google pone sobre la mesa algo que durante los próximos meses será cada vez más difícil de ignorar.
Los centros educativos necesitan una estrategia institucional sobre inteligencia artificial.
No bastará con recomendaciones genéricas dirigidas al profesorado. Tampoco será suficiente con una lista de herramientas permitidas y prohibidas.
Será necesario establecer qué puede hacer el alumnado en cada etapa, cuáles son los usos pedagógicamente adecuados, qué tareas deben realizarse sin inteligencia artificial, cuándo debe declararse su utilización, cómo se protege la privacidad y, sobre todo, qué competencias queremos preservar frente a la automatización.
Esto afectará también a la evaluación.
Si una herramienta puede escribir, resumir, programar, traducir o resolver determinados problemas, tendremos que diseñar actividades que permitan observar procesos y no únicamente productos.
Tal vez tengamos que recuperar más conversaciones, defensas orales, borradores, razonamientos visibles y tareas realizadas en el aula.
Y probablemente tengamos que enseñar algo que hasta ahora parecía innecesario: a reconocer cuándo utilizar una tecnología y cuándo renunciar voluntariamente a ella.
Esa puede convertirse en una de las grandes competencias de la próxima década.
Proteger el aprendizaje debe ser el objetivo
Existe una tendencia comprensible a medir la innovación educativa por la velocidad con la que incorporamos nuevas herramientas.
Pero innovar no consiste necesariamente en utilizar todo aquello que la tecnología hace posible.
A veces innovar significa diseñar un uso mejor.
Y otras veces significa saber esperar.
La llegada de Gemini a Google Classroom representa una oportunidad extraordinaria para replantear el aprendizaje, crear apoyos personalizados y desarrollar nuevas formas de interacción con el conocimiento.
Pero precisamente porque la tecnología es poderosa debemos ser especialmente cuidadosos con ella.
Nuestros alumnos vivirán en un mundo donde prácticamente siempre tendrán una inteligencia artificial disponible.
Eso significa que necesitarán aprender a trabajar con ella.
Pero también significa que necesitarán desarrollar algo quizá todavía más importante: la capacidad de seguir pensando cuando no la utilicen.
Necesitarán escribir aunque una máquina pueda hacerlo mejor.
Recordar aunque puedan obtener una respuesta inmediatamente.
Argumentar aunque un modelo pueda producir diez argumentos en segundos.
Intentar resolver un problema antes de preguntar cómo se resuelve.
Aprender a tolerar la dificultad.
Y conservar suficiente autonomía intelectual para decidir cuándo una inteligencia artificial les ayuda realmente y cuándo simplemente les evita pensar.
Ese debería ser el criterio con el que evaluemos cada nueva incorporación tecnológica.
No preguntarnos únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial por nuestros estudiantes.
Preguntarnos también qué podría dejar de hacer el estudiante si permitimos que la inteligencia artificial lo haga demasiado pronto por él.
Por eso, desde el Observatorio IA en Educación, defendemos una posición prudente: alfabetización temprana sobre inteligencia artificial, acceso directo restringido para menores de 13 años e incorporación progresiva y regulada a partir de Secundaria.
No se trata de proteger a nuestros alumnos de la inteligencia artificial.
Se trata de algo mucho más importante.
Proteger su capacidad de aprender en un mundo lleno de inteligencia artificial.




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